miércoles 18 de noviembre de 2009



Es extraño, tu perfume sutil ilumina esas noches que ya no son para mi. Es martes y hay sol. Bajo la espuma aparece un mundo de silencios que se gastan ante el primer arribo del ocaso. Recuerdo la noche que aprendí a cocinar en tu boca y a rezar en tus tobillos que olían a Chanel.

El centro de la marejada me llama en una ola, en dos nubes, en tres gaviotas. ¿Y si la arena fuera yo? ¿Y si ya no hubiera tiempo para nosotros?

Hoy he decidido dejar de escribirte. Hoy asesiné el último párrafo de tus cristales contra mi espalda.

martes 10 de noviembre de 2009

Historia del que esperó siete años



Jorge Allen, el poeta, amaba a una joven pechugona de los barrios hostiles.

Segun supo después, alcanzó a ser feliz. Una noche de junio, la chica resolvió abandonarlo.

-No te quiero más- le dijo.

Allen cometió entonces los peores pecados de su vida; suplicó, se humilló, escribió versos horrorosos y lloró en los rincones. La pechugona se mantuvo firme y rubricó la maniobra entreverándose con un deportista reluciente.

El poeta recobró la dignidad y empleó su tiempo en amar sin esperanzas y en recordar el pasado. Su alma se retempló en el sufrimiento y se hizo cada vez más sabio y bondadoso. Muchas veces soñó con el regreso de la muchacha, aunque tuvo el buen tino de no esperar que tal sueño se cumpliera. Más tarde supo que jamás habría en su vida algo mejor que aquel amor imposible.

Sin embargo, una noche de verano, siete años y siete meses después de su pronunciamiento, la pechugona apareció de nuevo. Las lágrimas le corrían por el escote cuando le confesó al poeta:

-Otra vez te quiero.

Allen nunca pudo contar con claridad lo que sintió en aquellas horas. El caso es que volvió a su casa vacío y desengañado. Quiso llorar y no pudo. Nunca más volvió a ver a la pechugona. Y lo que es peor, nunca más, nunca más volvió a pensar en ella, ni a soñar su regreso.
................................................................................................................................................... Alejandro D.

miércoles 4 de noviembre de 2009



Cincuenta y seis calles, cinco cines, doce puentes, un par de besos. No me acuerdo de usted, no puedo reconocer su rostro. Mi memoria almacena caricias de jabón, humedades fantasmas, pero no personas. Perdóneme, no sé quién es. ¿Qué nos hemos amado durante años? Es probable. ¿Por qué llora? No es culpa suya, es que yo…

Es linda, me gustaría recordarla. Sus lágrimas huelen a sol. Sí, el de la foto soy yo. ¿La que me besa es usted? Ha pasado mucho tiempo, recuerdo bien ese invierno, tuvo sabor a menta, pero no hay nada suyo en él, ni aromas, ni sabores, ni tactos. No llore por favor, no llore. ¿La acompaño hasta la puerta? Está bien, no se preocupe, no fue ninguna molestia. ¿Puedo quedarme con la foto? Gracias.

martes 27 de octubre de 2009



El sabor a noche y tiempo
rebalsa la sutil aparición
en mi desvelo porteño.
.
Tus susurros navegan mis venas
desprendiéndose de la distancia.
.
Tus pechos huelen a chocolate
mi piel se derrite
y la 9 de julio amanece oscura
tragándose la felicidad.

lunes 19 de octubre de 2009



A pocos días de nacer, gracias a una confusión sacramental, recibió la extremaunción. Nadie sospechó jamás que ese error marcaría a fuego su vida. En los primeros años colocaba sus dientes de leche al costado de los zapatitos lustrados y el pasto bajo la almohada la noche de Reyes. En Navidad exigía huevos de chocolate y para las Pascuas le encantaba armar el arbolito. Sin embargo, la niña que confundía los ritos tuvo una infancia feliz.

Los problemas comenzaron al crecer: festejaba y bailaba en los funerales, vestía de luto en sus cumpleaños, olvidaba por completo los aniversarios pero era capaz de organizar una fiesta inolvidable un martes cualquiera.

Cuenta la historia que el día que la bautizaron en su lecho de muerte, dejó a un apuesto muchacho esperándola en el altar.

Hoy, el principal atractivo turístico del pueblo es el viejo Felipe que cada mañana se instala en la puerta de la iglesia, a esperar que su joven Inés aparezca vestida de verde o de azul, convencido de que sólo se trata de otra típica confusión.